Bacterias y la música aséptica


Hace unas semanas me visitó el especialista en biotecnología Gianfranco Grompone. Gianfranco es un experto a nivel mundial en células biológicas e inmunología, que luego de trabajar muchos años en Francia, decidió volver a Uruguay para aportar a su país. Aparte de eso, es saxofonista y tiene una columna muy interesante, que une ciencia y música, y pueden escucharla aquí.

Gianfranco me explicaba una serie de conductas que hemos desarrollado los seres humanos para blindarnos del contacto con las bacterias: nos lavamos las manos permanentemente; a veces privilegiamos el parto por cesárea frente al parto natural; en numerosas ocaciones no se consume leche materna en la edad temprana. Éstas y otras medidas hacen que evitemos el contacto con ciertas bacterias. Lo curioso es que estas medidas que intentan protegernos, a la larga también pueden ser cuestionables: el contacto con determinadas bacterias es un elemento fundamental para fortalecer nuestro organismo.

Algo similar sucede en la música. Existe una fuerte tendencia que busca afinar y cuantizar cada nota. Eliminar cualquier error aparente y convertir todo en una exacta perfección, vacía de presencia humana. Producir música aséptica. Eso ocurre en el pop, pero también ocurre cada vez más en el jazz, un género que nace justamente de la apreciación y el culto al error. Como decía mi amigo Guido, "La belleza del error". En esta era digital e inmaculada, el error es justamente el refugio de la vida y la continuidad. En el error está el movimiento y, en última instancia, la prueba evidente de que esa pieza fue hecha por un ser humano y no por robocop. En un intento por protegernos de nuestras bacterias, nos olvidamos de que el arte necesita el vértigo del error. Si no, no es arte, es vanidad.


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