La libertad de cometer nuestros propios errores


Los músicos vivimos en una centenaria cuarentena autoimpuesta. Este fenómeno, muy poco estudiado por la academia hasta el momento, precede ampliamente al COVID-19 y a todo tipo de pandemias que comprometen la continuidad de la humanidad y sus derivados. El día que este virus por fin esté bajo control y nos permitan quitarnos el bozal y abrazarnos y dejar de lavarnos las manos cada cinco minutos, ese día, los músicos seguiremos respetando estoicamente nuestra cuarentinidad. Nada habrá cambiado para nosotros. Porque no necesitamos decretos ministeriales ni cifras alarmantes para auto confinarnos. Para ser sinceros, disfrutamos limitar nuestras vidas a cuatro paredes, a cambio de cultivar la virtud del instrumento que nos cae en suerte. Somos capaces de pasar dieciséis, dieciocho, incluso veinte horas encandilados frente a un monitor, en un cuarto oscuro absorbido por el olor a nuestro propio cuerpo, batallando la hermosa e injusta epopeya de darle sentido al sonido y transformarlo en música. Una vez que el ciudadano civilizado haya puesto a funcionar el mundo, nosotros, los músicos, seguiremos impertérritos en esa dimensión paralela, construyendo sinfonías, buscando acordes aún más disonantes, descifrando los misterios del regetón.

Quizá deberíamos aprovechar este momento en el que las ciudades todavía están parcialmente despobladas, los buses vacíos, y las plazas parecen escenografías de un teatro abandonado, deberíamos aprovechar esta oportunidad para salir y conocer el mundo. Es un buen momento para sentarse a leer poesía barroca en medio de Times Square, y orinar en la Fontana di Trevi, y colarse en el Estadio Cententario y meter un gol y gritarlo a la tribuna vacía, mientras el eco retumba y se pierde en dirección al Hospital de Clínicas. Quizá este sea el mejor momento para visitar las pirámides egipcias, o escalar el obelisco de Buenos Aires o sacarse una selfie con La Mona Lisa. Quizá sea éste el mejor momento para desatar las cadenas de nuestros escritorios y nuestros instrumentos y salir en busca de aquello que aún no hemos visto. Conectar con el mundo real. Pasar de lo digital a lo análogo. Quizá en ese silencio que todavía aturde a esta insólita pandemia, encontremos algunas respuestas, sin temor a que alguien nos quite la libertad de cometer nuestros propios errores.

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